Todos hemos ido incontables veces al cine, o nos hemos sentado delante del televisor o el ordenador para después darle al play y sumergirnos en el mundo de fantasía que nos ofrece alguna película. Dramas, comedias, thrillers y musicales nos absorben constantemente y nos alejan de la realidad durante algunas horas, centenares a lo largo de nuestra vida.
¿Podemos decir entonces que pasamos demasiado tiempo viendo películas? Hace unas horas me he dado cuenta que no. Y no porque piense que deberíamos ver mucho más cine del que realmente consumimos y que la palabra “demasiado” es inadecuada; el término que usamos erróneamente es “ver”. Sí, señoras y señores, desengáñense, despierten: no es cierto que veamos cine. En muchas ocasiones sólo lo visionamos. Me explicaré. Desde un punto de vista genérico, ver está ligado a la comprensión; si usted se sienta delante de la pantalla y observa con atención cada minuto del film pero no entiende nada, lo siento, sólo está visionando. No estoy diciendo, en ningún momento, que visionar no sea una tarea interesante o loable, al revés, les aseguro que es una de las experiencias más divertidas que hay, pero completamente inútil a nivel personal y académico.
Para llevar esta tarea al límite y comprobar su existencia son indispensables una serie de elementos. El primero de todos es habilitar una sala para la proyección de una película cualquiera (de argumento complicado y sólo apto para eruditos, a poder ser) y reunir a un grupo de personas poco interesadas en el tema a una hora de máxima somnolencia (un viernes a las 9 de la mañana es perfecto). El film tiene que estar en versión original y (sobretodo) sin subtítulos, de este modo será más fácil desviar la atención del público y ponerlos nerviosos. Para acelerar este sentimiento de impotencia e irritación hay un método infalible: previamente al film, proyecte como mínimo 4 tráilers de películas antiguas (anteriores a 1950 y en blanco y negro preferiblemente) y [sugerencia personal], si quiere redondear este maquiavélico plan y convertirlo en algo que roce la perfección del arte de alterar unas pocas mentes jóvenes, contrate a una becaria inepta. Puede serlo o simplemente simular que lo es, en ambos casos el resultado será el mismo. Lo que es imprescindible es que en el momento que empiece la película, en un supuesto intento de arreglar cualquier cosa del ordenador, pare el dvd y lo rebobine un par o tres de veces, los 4 tráilers se convertirán en 6 y algunas personas del público ya pensarán en marcharse. Ahora que sale el tema de irse explicaré que el experimento del visionado pone a prueba la fuerza psicológica de los elementos estudiados; se considerará exitoso el método si pasadas dos horas, más del 50% de la sala está vacía. Una vez comenzada la película toda la responsabilidad recaerá en ésta, nuestro éxito dependerá, pues, de una buena elección cinematográfica.
Si es su primera vez y quiere que todo salga bien, le recomiendo “Providence”. Una gran película, sí señor, pero completamente incomprensible si no se domina el inglés a la perfección. La película mezcla ficción y realidad, elementos existentes con meras imaginaciones, todo con una voz en off de fondo que, de no entenderla (y eso es lo que pretendemos), descolocará a los presentes. Además de ser aparentemente incoherente, cuenta con varios elementos perfectos para una buena distracción: los actores se pasan el 85% de la película con una copa llena en la mano, un canto al alcohol que hará brotar comentarios y risas durante toda la proyección y, además, distraerá a todos aquellos empollones que traten de comprender algo mientras toman apuntes inútiles. Un futbolista cruzando la escena en varias ocasiones, una actriz clavada a Barbara Streisand o relaciones personales confusas jugarán el mismo papel. Lo más interesante de este film para convertirlo en parte de nuestro estudio es su (no) final. Después de dos horas, nuestros sujetos estarán hartos y, si todo ha ido bien, la mayoría rozará el desvarío (podremos notarlo si oímos risas continuadas y un aumento de volumen de los comentarios). Es en ese momento cuando sus ganas de irse y la película danzarán en perfecta harmonía. El film de Resnais cuenta con varios momentos que simulan el final, pero sin llegar a serlo: la música sube, la cámara se aleja, los personajes desaparecen…las mochilas se cierran, la gente se levanta y…primer plano de un personaje que vuelve a darle a la lengua! La irritación se convierte en desesperación, los pocos que hayan aguantado todo el experimento empezarán a enloquecer, algunos llorarán, otros no volverán a ser los mismos, las secuelas psicológicas serán catastróficas e irreversibles y, aunque lo sabrán, ninguno abandonará la sala por el orgullo de haber aguantado tanto. Habremos conseguido lo que perseguíamos. Y es que visionar es más que un arte, es un estilo de vida; cuesta conseguir meterse dentro de algo que no comprendemos, pero el poder del visionado es tan fuerte que es capaz de mantenernos sentados delante de una pantalla el tiempo que sea necesario.


